Una aventura jaipuri de rickshaw… durante el monzón


Más que nada es la ensordecedora cacofonía de ruidos que recuerdo de la ciudad de Jaipur. Los chillidos de los cláxones, los gruñidos de los motores, los aullidos de autobuses al pasar zumbando por las calles, y la disonancia de una miríada de voces gritando a la vez. La ciudad rosada demuestra la India de verdad, y quizá no hay mejor manera de conocerla que como pasajero de rickshaw. Desde el asiento trasero probamos la vida jaipuri por excelencia, con todos sus personajes, colores, perfumes, y caóticos telones de fondo.

Un día conocimos en la calle a un sonriente conductor que prometió llevarnos a ver el Palacio de Agua y los elefantes de la zona, y como que era un domingo sería ‘muy tranquilo sin casi nadie ahí, y gratis además’. Miré de reojo a mi compañero y le intenté dar una mirada de ‘¿que hacemos?’ . Mi reacción inicial fue un fuerte ‘creo que no’, pero un sentido de aventura amenazaba a tomar el control de la situación y decidir por mi parte. Dos voces discutían en mi cabeza, la primera, ‘¡No seas ingenua, claro que no será gratis, te está engañando!’, y la segunda, ‘Bueno pues… ¿Por qué no? ¿Algo diferente, no? Y así veré unos elefantes por primera vez en la vida…’

Sabía que  sería un error, pero antes de poder entrar en razón habíamos empezado a pasar como un bólido por las calles de Jaipur. El rickshaw se comportó como un cochecito de juguete, esquivando a las vacas y oscilando entre los monstruosos motores mayores. Como una versión vida-real de Mario Kart, nuestro conductor aceleraba a cada oportunidad como si buscara puntos y quisiera ganar a los demás vehículos . Casi chocamos (o al menos a mi me lo pareció) no sé cuantas veces con varios, y mientras tanto la bocina soltaba monsergas estridentes y perpetuas.

De repente nuestro chófer detuvo el rickshaw. ‘Mirad’… dijo, ‘¡una vista impresionante del Palacio del Agua!’. ‘¿Una vista?’pensé para mí misma, ‘¡Pues claro que es gratis si solo es una vista! Ahora lo entiendo… “os llevaré a ver el Palacio”… ¡pero no dijo nada sobre entrar en el palacio!’ Otra vez nos rogó subir a su rickshaw. Ahora tocaba la visita a unos elefantes locales. Zigzagueamos por las calles como una avispa enfurecida, girando bruscamente y evitando por los pelos a unos niños que jugaban con una pelota, lo que me y provocó un grito ahogado.

Jaipur

Al poco rato llegamos a lo que parecía un tipo de garaje, y nuestro chófer saludó a un compañero que había salido. Él nos invitó a entrar y me quedé boquiabierta al ver que ahí dentro vivían cinco elefantes. Sé que suena ridículo, pero nada me habría podido preparar para la grandeza de aquellas criaturas. Lo que había visto en la tele no tenía nada que ver con su majestuosidad y su increíble fuerza. Son magníficos, hermosos y terroríficos a la vez. Fue una experiencia inolvidable estar tan cerca de ellos, pero igual de triste verlos ahí en el garaje del amigo del chófer, y no en medio de la naturaleza.

‘Bueno’, pensé, ‘una experiencia…’ mientras entramos otra vez al rickshaw. Pero el tour de nuestro conductor no había acabado. Nos guardaba una sorpresa muy especial… llevarnos a las tiendas de todos sus amigos y meternos bajo presión para que comprásemos algo. ¡Genial! ’¿Cómo podía haber sido tan ingenua?’… pensé y me sentí muy enfadada conmigo misma por haber caído en la trampa de su gira del palacio y elefantes. Pero bueno, sobrevivimos sin demasiados daños económicos a pesar de la adquisición de tres bufandas y dos camisas nuevas. Sin embargo, lo peor estaba por llegar.

Pit-pat. Escuché unas gotas. Pit-pit-pat. Varias gotas más. El cielo de pronto se oscureció tirando sombras inquietantes contra las paredes, y un vasto trueno retumbó por toda la ciudad. Al cabo de unos minutos las calles de Jaipur estaban dramáticamente inundándose  convirtiéndose en ríos de rápida corriente. Pese a los esfuerzos del chófer  el rickshaw estaba sufriendo, tosiendo y bamboleándose sin control. Y de repente, se murió, ahí en medio del agua, ahogado y sin salida. El conductor, ya mojado hasta los huesos, se giró hacia mi compañero y con una expresión entre tristeza, desesperación y enfado suplicó que le ayudara a empujar su vehiculito hasta algún sitio seguro. Y con una risita, que no sé si fue por humor u horror, el pobre se arremangó sus pantalones, entró en el agua, y se pusó a trabajar en ello. No quiero pensar en lo que había en esos borbotones de agua, pero después de lo que había visto por los suelos, quizá es mejor no saberlo. Fue un momento de puro caos, y me pregunté ‘¿que hago aquí en medio de todo esto?’. Pero igualmente, sabía que sería algo de lo que me reiría algún día, que sería una historia para contar a los amigos, y que nuestro chófer seguramente ahora tendría problemas más grandes que yo y mi ropa empapada.

LAURA CERYS JENKINS

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