Islandia: onírico paisaje, peculiar sociedad


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Tuve la suerte de disfrutar quince días de mi vida en un espacio tan bonito, espectacular y singular que parece no una maravilla terrestre sino simplemente otro planeta. Islandia, el país de fuego y hielo, es sin duda el lugar más impresionante que he visto: tan sorprendente que no sabes distinguir la realidad de la ficción, que con el paso del tiempo continúas sin saber si la has vivido en realidad o si sólo la has soñado.

Esta lejana, inhóspita y despoblada isla, pegada a Groenlandia y a caballo entre Europa y América, ofrece al viajero una cantidad de naturaleza abrumadora, colores y formas que jamás ha visto en su vida, paisajes únicos. Volcanes, glaciares, géiseres (de hecho, la palabra ‘geysir’ es islandesa), cañones, cascadas, acantilados, campos de lava, lagos, fiordos y playas de arena negra componen el cuadro de este inmenso parque natural que se hace llamar país y que se adorna además con dos fenómenos únicos: en verano el sol de medianoche y en invierno las auroras boreales.

Su aislamiento geográfico, su escasez de habitantes -unos 300.000-, de animales (a excepción de los caballos y las ovejas, más numerosas que los humanos) y de vegetación, su idioma imposible de vocablos largos e impronunciables, su rica y arraigada mitología -más de la mitad de los islandeses creen en los elfos, con eso está todo dicho- y su clima revuelto y duro contribuyen también a convertir Islandia en un mundo aparte, a esa sensación de haber abandonado la Tierra para llegar a un planeta lejano. Algunos colores son tan peculiares que parecen artificiales, creados por algún genial pintor; algunos caprichos de la naturaleza tan sorprendentes que la mente no ha llegado siquiera a imaginarlos; algunas sensaciones tan irreales que en ocasiones tienes la impresión de estar metido de lleno en un sueño.

El entorno resulta tan peculiar como la sociedad del país, que demuestra ser tan original como su paisaje. Es increíble el grado de avance social en Islandia, algo que demuestran numerosos detalles de los que solo citaré unos cuantos para no aburrir: la cantidad de delitos es ínfima, la policía no cuenta con armas de fuego, la nación no posee ejército propio, la gente deja sin problemas sus pertenencias al alcance de cualquiera, el teléfono del presidente (que reside en una casa de Reykjavik y no tiene escolta) se encuentra en la guía de teléfonos como el de cualquier otro ciudadano, la afición de los islandeses a la lectura es inmensa (e incluso uno de cada diez escribe un libro), el paro muy bajo pese a la crisis y los derechos sociales innumerables.

La fuerza de la democracia es allí tan poderosa y el peso de la masa social tan elevado que la sociedad islandesa consiguió hace unos pocos años la dimisión del gobierno del país en bloque, la encarcelación de los responsables de la crisis, la nacionalización de la banca, la celebración de un referéndum para que el pueblo decidiera acerca de cuestiones económicas trascendentales y la reescritura de la constitución por parte de los ciudadanos. Y todo ello al estilo puramente islandés: de manera pacífica.

DIEGO FERNÁNDEZ TORREALBA

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