Perdido en un zoco en Marrakech.


marrakech7¿Qué recuerdos tengo de aquellos zocos aladinos?  Pues, un sin fin, y todos dramáticos y muy especiales.  Oboes que aúllan a serpientes hipnotizados.  Naranjas tentadoras y dulces dátiles pegajosos.  Un mágico laberinto que zigzaguea vívidamente en una explosión de colores y aromas, y mas deleites para los sentidos que jamás había imaginado.  Perderse en un zoco en Marrakech es una de las experiencias viajeras más divertidas y emocionantes que existen, donde lo extraño y lo maravilloso se combinan de una manera exótica y casi seductora y regalan al viajero un caleidoscopio de experiencias y emociones inolvidables.

Para aquellas personas a que les encantan ir de compras las interminables tentaciones de los zocos de Marrakech son verdaderamente peligrosas, y seguramente causarán estragos en sus cuentas bancarias.  Cada pequeña tienda es una cueva de curiosidades estrafalarias cuyas incandescentes colores y riquísimas perfumes seducen y llaman al viajero a entrar ‘solo para mirar’.  Pero claro, siempre acabamos comprando algo.  Como una producción teatral de Las mil y una noches, la antigua medina nos ofrece y nos tira entre escenas de historias de Ali Baba, y nuestros sueños de fantasías y maravillas arábicas se hacen una vivida realidad.

Delicias azucaradas y dunas coloridas de especies nos provocan el hambre, mientras los exquisitos juegos de te y ornamentados tagines cerámicos nos hacen querer preparar para los amigos una cena marroquína al regresar a casa.  Y claro deberíamos comprar todo lo necesario aquí ¿no?, para asegurar que sea una noche auténticamente arábica.  Sin duda necesitamos unas bellas lámparas para crear un ambiente apropiado, unas de aquellas grandes y coloridas, las que cuelgan como enormes y brillantes golosinas iluminadas.  Y también hace falta un bueno y cómodo puf ¿no?.  Y una docena de cojines de lentejuelas para completar nuestra escena exótica.

Continuamos con nuestra aventura de zoco y dentro de poco encontramos infinitas variedades de zapatillas.  Los diseños son delicados y intricados y seguramente encantarían a los Reyes Magos.  Joyas de argento y turquesa nos guiñan, destellando entre las sombras, y susurran ‘compradme, sabéis que nos queréis, que nos necesitéis, que somos únicas y que quedaremos perfectamente con aquel vestido…’.  Es un reto resistirse.  Pero no tanto a los trajes de la danza del vientre, que aunque sean en teoría exóticos y ostentosos quedan rarísimas en los hombres, quienes son por mayor parte los que los llevan hoy día en Marrakech.

Estrechas callejuelas de color ámbar y terracota nos hacen perdernos en un camino de misterios hasta las profundidades del zoco.  Giramos y retrocedemos y nunca sabemos adónde acabaremos.  Cada rincón nos provoca una nueva emoción, nos demuestra un nuevo despliegue encantador y nos revela un nuevo sin fin de sorpresas.  De vez en cuando tropezamos con una antigua puerta olvidada.  Cuanto nos encantaría saber lo que hay detrás, descubrir los secretos, captar un destello de una vida desconocida.  A veces también encontramos preciosas arcadas adornadas, e imaginamos cuantos personajes las habrán pasado debajo, y a cuanta historia deberían haber sido testigo.  Es verdaderamente fascinante pensárselo.  Pero igual, seguramente nunca encontramos estos sitios otra vez, porque el zoco es un imposible laberinto de distracciones.

Vemos los burros deambulando por los zocos lentamente llevando mercancías a través de la medina y de vez en cuando nos topamos con un camelo que (muy inquietantemente para nosotros) tiene la boca espumándose.  Pero bueno, no los prestamos demasiada atención, porque pronto una tienda llenísima de alfombras nos distrae, y lamentamos no poder llevarnos una a casa.  Quedaría exquisita en el salón, pero claro, los low cost nunca la nos permitirían.  Sin embargo, pronto recuperamos el animo, y decidimos que en vez de una alfombra nos compraremos un montón de pequeñas caprichos diferentes.  Quizás una de aquellas bufandas, o la manta aquella y una mochila de cuero.  O a lo mejor un hermoso espejo que podríamos colgar en el dormitorio… pero también aquel tambor era fantástico, y los candeleros estupendos… O a tal vez sería mejor comprar una gran cesta, o unos platos, o una pipa de shisha…

Los zocos de Marrakech son un torbellino de colores, sonidos y aromas y dejarse perderse allí entre todos sus increíbles tesoros es enriquecedor, vigorizante e inolvidable y una experiencia que nos provee nuestras propias mil y una historias para contar.

LAURA CERYS JENKINS

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