Día 9: La costa ya es otra cosa


Escribo esta entrada desde la mediateca de Béziers, dónde investigo un poco la movida historia de esta ciudad. La llegada a zona costera ha supuesto un cambio de panorama radical, ¡hay gente más ruidosa que nosotros en el cámping! Además el toque de queda es hasta las 12 y es por la mañana cuando la gente se queja si hablas muy alto. Aunque estamos encantados con el trato recibido en cada lugar que hemos visitado, estos pequeños detalles hacen que aquí nos sintamos un poco más en casa.

Tener el campamento a 400 metros del mar, también ayuda a relajarse cuando has terminado de hacer los “deberes”. Ayer dejamos a la aprendiz y a a intelectual en Béziers bien temprano, mientras el hedonista dormía un rato más antes de alquilar una bicicleta para pedalear hasta Marseillan. Decidimos que ese sería el lugar donde nos encontraríamos a medida que cada uno fuese terminando con lo suyo, ya que estaba a apenas tres kilómetros de nuestro cámping según el hombre de recepción.

La curiosa, el aventurero y yo nos fuimos a visitar la Grotte de Clamouse y, uno de los pueblos más bonitos que he visto en mi vida (y aquí llevamos vistos muchos pueblos bonitos), Saint-Guilhem-le-Désert. No les dedicamos tanto tiempo como merecían porque había que salir corriendo a una cita de la curiosa en Montagnac… que resultó ser infructuosa porque cada una de las dos partes estaba en un pueblo diferente, llamados de la misma manera, pero separados por 300 km.

Una pequeña decepción que se nos olvidó en cuanto pisamos la fina arena de la playa, nadamos hasta alcanzar las boyas e improvisamos yoga creando escuela. Tras recoger a la intelectual, llamamos al resto del equipo para cambiar el punto de encuentro por la playa más cercana al cámping. Dado que, en teoría, había unos tres kilómetros, la aprendiz que ya estaba en Marseillan decidió venir andando y al hedonista no pudimos localizarlo.

Tres horas después ninguno había llegado a junto nuestra, por lo que empezamos a sospechar que la playa era un poco más lejos, pero nunca nos imaginamos que realmente estaba a ¡30 kilómetros! Pobre aprendiz, no iba a llegar nunca andando.
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Le dijimos que se sentara a esperar que alguien la iba a buscar con el coche y dos horas y cinco “oranginas” más tarde nos encontrábamos los seis en el cámping para nuestra primera cena campestra con el equipo al completo. Pudimos disfrutar las habilidades de el hedonista con los fogones y comenzar a bajar unas cervezas que nos acompañaban desde Barcelona, en una velada muy agradable.

LA HISTORIADORA

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