En la cima del Rey Teide


La cima más alta de España depara unas vistas de ensueño (D.F.T.)

La cima más alta de España depara unas vistas de ensueño (D.F.T.)

Tenerife provoca emociones intensas en el viajero, pero sin duda las mayores las depara el Teide, el monte más alto de España y quien a su grandeza une una belleza y originalidad tales que se ha convertido en una cima mítica. Realizar el ascenso hasta él es la mejor experiencia que se puede tener en la isla canaria, sin duda: primero atravesando un frondoso bosque de pinos canarios, plagado de miradores por encima de las nubes, para luego alcanzar un desierto de mil colores fruto de la naturaleza caprichosa del volcán que desemboca en el tramo final del coloso. Boquiabierto a cada segundo que pasa, el viajero trata de asimilar la sobredosis de colores y formas originales que devora sus sentidos, sin conseguirlo.

La carretera muere a más de 2.000 metros en la base de la parte alta del Teide, desde donde tocará coger un funicular -si no se quiere ir a pie- para recorrer los últimos cientos de metros y alcanzar casi la cima. Desde allí (habiendo pedido un permiso antes, pues el acceso está controlado) se deberán recorrer, ya a pie, más de 150 metros para alcanzar tras un camino de rocas los 3.717,98 de los que presume el gigante de España en su cima. Parece fácil pero no lo es, ya que a esa altura el oxígeno escasea y el corazón se acelera cada pocos pasos: tanto, que un cartel recomienda parar frecuentemente para no tener un susto cardiaco. Es cierto, ya que notas cómo el corazón se dispara e incluso las piernas flaquean si das tres o cuatro pasos de más.

Pese a todo, no es peligroso tomando las precauciones oportunas, y el premio que espera es descomunal. Tras un último tramo en el que no habría sorprendido encontrarse al demonio, entre gases volcánicos y un fuerte olor a azufre que emana el interior del volcán, se alcanza el punto más alto de España. Coronar su cima provoca una alucinante sensación de plenitud, por  dos motivos: primero, la increíble belleza natural que envuelve al caminante, fruto no sólo del irreal entorno volcánico que le rodea, sino de la visión en un día despejado del mar y las otras islas y en uno más cubierto de la vista de otro mar, el de nubes que abraza la cúspide del gran volcán; y segundo, por esa satisfacción infantil que se siente siempre al alcanzar un lugar límite, un récord nacional, una cota terrestre. Resulta difícil asumir en un lugar como esos que en algún momento te tienes que marchar.
DIEGO FERNÁNDEZ TORREALBA
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